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La
finalidad de la formación
es conseguir progresivamente una verdadera integración de los jóvenes
jesuitas en el conjunto de la Compañía de Jesús, que es una orden
apostólica, al servicio de Jesús en la Iglesia.
El proceso de
formación consta de varias etapas:
-
ETAPA DE INICIACIÓN. Su momento fundamental
es el noviciado, con una duración de dos años.

-
ETAPA DE CRECIMIENTO. Es la etapa de estudios en la
Universidad. Son estudios humanísticos y filosóficos principalmente,
aunque también, dependiendo de los casos, se estudian otras
especialidades. Esta etapa suele durar (dependiendo del tipo de estudios)
de 2 a 4 años, o incluso más, cuando hay que acabar licenciaturas o
doctorados.
-
ETAPA DE MAGISTERIO. (Popularmente, al
joven jesuita que se encuentra en esta etapa se le denomina “maestrillo”).
Es la etapa en que el jesuita que está en formación se dedica a una
actividad concreta, viviendo en una comunidad y colaborando en una obra
concreta. Dura de uno a tres años.
-
ETAPA DE TEOLOGÍA. Es la culminación del
proceso de formación. Se estudia la carrera de Teología. Al terminar el
tercer año se suele recibir la ordenación de diácono, y poco tiempo
después la ordenación sacerdotal.
El
sentido del noviciado. ¿Qué se pretende?
En el
noviciado se pretende que la persona que quiere ser jesuita clarifique y
confirme su vocación, viviendo ya como jesuita, y realizando una serie de
actividades. Lo que más importa es lo referente al crecimiento interior de
la persona desde la experiencia profunda de Dios.
Todo el
noviciado es una gran experiencia, cuyo núcleo son los Ejercicios de S.
Ignacio.
Por
concretar algo más los objetivos que marcan el crecimiento en el noviciado,
son los siguientes:
-
Conocimiento y experiencia de Jesucristo. Jesús va a ser el
centro de su corazón y de su vida “para más amarle y seguirle”.
-
Crecimiento interior humano. Con tiempos para ahondar en el
conocimiento de sí mismos, e ir creciendo en libertad profunda, entrega de
sí mismo, sentido comunitario, transparencia, …
-
Conocimiento y experiencia de la Compañía de Jesús. A
través de sus documentos fundacionales, su historia, la vida de la
Compañía actual. También se conocen comunidades y obras de la Compañía.
-
Sentido de Iglesia y deseo de crecer en actitudes de
verdadera entrega desde el servicio a los demás, especialmente a los que
más lo necesitan.
¿Qué
soñamos con nuestra vocación, para el mundo, para cada uno?
Sentimos
que Dios quiere profundamente a nuestro mundo y siente a fondo sus
carencias. Con nuestra vocación de jesuitas tratamos de aprender a amar como
Jesús de Nazaret. Para ello, es fundamental sentirnos queridos personalmente
por Dios. De aquí surge gozosamente el deseo de Dios, el deseo de
comunión con los demás y el deseo de servir a las personas de nuestro
alrededor.
La
persona de Jesús está en el centro de la vida del jesuita. Él dinamiza toda
su vida personal, comunitaria y apostólica. Tratamos de que vaya creciendo
en nosotros desde el noviciado ese amor universal y disponibilidad tan
grandes que vivió Jesús.
Nuestra
espiritualidad
Al
hablar de espiritualidad nos referimos al modo de vivir la realidad de lo
que somos y de nuestras vidas desde Dios.
La
espiritualidad del jesuita se basa en la experiencia que tuvo Ignacio de
Loyola, en cuyo centro estuvo el deseo de conocer internamente la persona de
Jesús “para más amarle y seguirle”. Este deseo va configurándose como un
deseo profundo a lo largo de la experiencia del noviciado, a través de la
oración diaria, el tiempo dedicado al discernimiento (silencio orante para
mirar la vida desde la presencia amorosa de Dios), la Eucaristía y
sacramentos, y la lectura espiritual. Todo ello va ayudando a afianzar una
estructura interior que hace posible que se vivan las tareas ordinarias de
cada día desde Dios.
Además
del amor a la Santísima Trinidad y del seguimiento personal de Cristo, común
a todas las espiritualidades:
Buscar y
hallar la voluntad de Dios sobre mi vida. No lo más perfecto objetivamente,
sino lo que Dios quiere de mí.

Ensanchar el corazón a las dimensiones del mundo, pero aterrizando en lo
concreto para no perderme en vaguedades o en ideales irrealizables.
Conocer
mi realidad lo más ampliamente posible. De ahí, mucho examinar cada
situación y también examinarme
Discernir, a la luz de la oración y de la razón iluminada por la fe, cómo
puedo mejorar esa realidad para hacerla más evangélica.
Encontrar a Dios en todo lo creado, siendo contemplativos en la acción o
unidos con Dios en la acción. |